Si creciste entre tazos, videoclubes y el ruidoso internet de línea telefónica, seguramente guardas un mapa mental muy específico. No hablo de coordenadas geográficas, sino de esos santuarios de la diversión que, en los años 90, eran el equivalente a ganar la lotería.

¿Recuerdas la emoción de cruzar las puertas de Reino Aventura? Antes de que Keiko emprendiera el vuelo, ese parque era el epicentro de la adrenalina en México. O quizá tu sueño era perderte en las albercas de pelotas de McDonald’s o celebrar tu cumpleaños en Burger Boy, rodeado de popotes locos y una estética que hoy llamaríamos vaporwave, pero que entonces era simplemente el futuro.

Para los más tecnológicos, el destino final siempre fue Discovery Zone. Aquel laberinto infinito de tubos, redes y toboganes donde el tiempo no existía y el sudor era señal de una victoria absoluta. Y ni hablemos de las jugueterías como Toys “R” Us; entrar ahí era como caminar por las páginas de un catálogo que cobraba vida.

Eran lugares que olían a palomitas de mantequilla y plástico nuevo. Espacios donde la mayor preocupación era que no se acabaran las fichas de las maquinitas o que el bloqueador solar no te ardiera en los ojos. Hoy, esos lugares viven en nuestra memoria como fragmentos de una época dorada, recordándonos que, aunque el mundo cambió, ese niño que quería conquistar el castillo de juegos sigue ahí.